Los Inca

En las primeras décadas del siglo 15, una gente oscura que aseguraba ser descendientes del sol, se embarcaron en una serie de conquistas que les llevarían a dominar los últimos 100 años de historia andina que precedieron a la llegada de los españoles. La palabra inca era originalmente el título que se daba a su líder y que pasó a ser el gentilicio del pueblo que hoy conocemos como inca. El poderío de este pueblo surgió en Cusco bajo el mando de Pachacuti, un estratega militar, hombre de estado, y diplomático de enorme talento. Los ejércitos de Pachacuti y su hijo y sucesor, Topa Inca, conquistaron toda el área montañosa desde Quito hasta sobrepasar en el sur el lago Titicaca.

Llamaron a su imperio Tabuantinsuyu, «la tierra de los cuatro cuartos», reflejando una división geográfica en cuatro del mundo que posteriormente se dividiría en más de 80 provincias.

En el vértice del poder estaba el emperador, el «Único Inca», el representante divino del sol. A partir de él el control se filtraba entre un elite dirigente de nobles. Algunos eran hereditarios. Otros eran elegidos de las tierras conquistadas que querían cooperar con sus nuevos líderes. Estos eran los «incas por privilegio». La mayoría de los ciudadanos del imperio sustentaban su economía con la mita, o impuesto por servicios, pagado en forma de trabajo en el campo o en las minas propiedad del gobierno, y en la construcción de puentes edificios y carreteras.

A cambio, el sistema garantizaba que cada individuo, incluso los ancianos y discapacitados tendrían cubiertas sus necesidades básicas. Una burocracia altamente autoritaria controlaba a los diversos pueblos del imperio. Los grupos potencialmente rebeldes eran ubicados entre los núcleos de los leales, mientras que los sujetos de confianza se trasladaban a las áreas descontentas. Los destacamentos militares que llenaban el territorio servían como recordatorios constantes de la voluntad de Cusco.

El uso del quechua, lengua inca, como la lengua común de la administración ayudó a unificar el mosaico de pueblos, al igual que el comercio y la institución del panteón inca como la religión oficial del estado.

El punto más alto de un pueblo inca estaba reservado a fines religiosos. Este punto era el más cercano al sol, que representaba su dios principal, Inti, el dios sol. Los seis principales dioses de los incas representaban la luna, el sol, la tierra, el trueno/rayo y el mar. Pachamama era el dios de la tierra, que es la madre de todos los hombres. Los incas tenían chamanes que creían en espíritus animales que habitaban la tierra. El paraíso estaba representado por el cóndor, el inframundo por la anaconda, y el hermano que residía en la tierra era el puma. El Templo del Sol, localizado en Machu Picchu, Perú, era un calendario religioso que marcaba los solsticios de invierno y verano.

A pesar de que su subsecuente supremacía era a menudo conseguida con la diplomacia, los inca desarrollaron uno de los ejércitos más organizados y feroces del mundo antiguo. El ejército era nómada, acompañado por convoyes de suministros de llamas y por chasquis, corredores especialmente entrenados que llevaban noticias memorizadas y órdenes del imperio a través de tambos, o puestos de ruta cuidadosamente espaciados. Estos mensajeros formaron un sistema de comunicaciones que podía garantizar un envío que recorriese cada día 140 millas de carretera.

El hijo de Topa Inca, Huayna Capac, empujó los bordes de sus tierras aún más lejos hacia el norte y reinó en el auge de la magnificencia del Imperio Inca. Pero Huayna Capac murió repentinamente en 1524.

Luchas intestinas por la sucesión siguieron su muerte, espoleadas por el azote al linaje real por enfermedades contagiosas introducidas por los primeros exploradores europeos. Estos factores, unidos a un crecimiento de los rebeldes en los límites de los territorios incas, dejaron al imperio particularmente vulnerable al ejército de Francisco Pizarro en 1532. Los 40000 soldados del ejército inca fueron destruido por los 188 hombres del ejército del conquistador. En 1533 Francisco Pizarro, tras matar a Atahualpa, marchó desde Cajamarca, Perú, sobre la capital inca de Cusco sin oposición de las fuerzas nativas. Le acompañaba Manco Capac II, hermanastro del inca asesinado. Manco Capac, como recompensa por su sumisión al gobierno hispánico, se convirtió en inca títere de Pizarro.

La ingeniería inca es quizás el mejor legado que nos dejaron. Sistemas de canales de riego se construyeron a lo largo de la costa desértica, donde las únicas fuentes de agua eran pequeños ríos. En las tierras altas enormes terrazas de piedra transformaron las yermas cumbres andinas en campos fértiles. Los más impresionantes logros de la ingeniería, aun así, se encuentran en las calzadas, puentes, almacenes, ciudades fortificadas y puestos de ruta construidos por los inca.

Las carreteras incas de las tierras altas fueron especialmente diseñadas para el desafiante terreno. Grandes altibajos y escalones se encaramaban en las cumbres más empinadas. Algunas veces pavimentadas con losas, los firmes eran soportados por muros de contención que han perdurado más de 500 años. Para los puentes fluviales los incas unían balsas o construían apoyos de piedra. Las gargantas más profundas las conquistaron por medio de los primeros puentes de suspensión conocidos, construcciones de fibra trenzada que se balanceaban sujetas a pilares de piedra construidas a los lados del abismo.

Los ingenieros incas lograron la inmortalidad artística con el diseño de inmensos muros de masonería que incorporaban bloques de más de 100 toneladas. La terminación irregular del final de los bloques se unía tan bien con sus vecinos que el grosor de las juntas no superaba al de un cabello humano. Estos muros conformaban estructuras de sofisticado diseño, como Sacsahuaman en las laderas de Cusco, y templos cuyos restos siguen yaciendo intactos bajo los muros modernos. El trabajo de construcción dio luz también a grandiosas ciudades como Machu Picchu.

Una vasta red de carreteras unía todas las partes del imperio Inca. A menudo el mismo Inca, transportado en una litera de oro viajaba por estas carreteras seguido por un elaborado cortejo de cortesanos, bufones, augures y concubinas. Teniendo en cuentas los burdos materiales y herramientas con que contaron ellos y sus predecesores, sus logros son casi milagrosos.

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